CARACAS / Perkins Rocha estuvo 535 días en El Helicoide tras su violenta detención el 27 de agosto de 2024 en el desolado estacionamiento de un Farmatodo en Caracas. Ahora cumple arresto domiciliario, porta un grillete electrónico en el pie derecho y permanece bajo vigilancia constante de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana, que se encuentran en la entrada de su apartamento.
El abogado recuerda la fuerza con la que los funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional lo arrestaron y confiesa que sintió temor. Pensó que nadie se había dado cuenta de su captura y que su familia creería que había desaparecido o escondido en medio de la intensa persecución que el entonces gobierno de Nicolás Maduro desató tras el fraude electoral del 28 de julio de ese año. En su mente, narró, aún resuena el sonido de las esposas que le pusieron.
En esa cárcel, considerada el centro de torturas más grande de Latinoamérica, el jefe del comando que lo arrestó le aplicó tortura psicológica, proporcionándole información detallada sobre los movimientos de su esposa, María Constanza Cipriani, para obligarlo a entregar las llaves de su apartamento y la clave de su teléfono. Rocha, cercano a María Corina Machado y a Edmundo González, accedió y, a pesar de las promesas de sus captores de no tocar sus pertenencias ni causar daños en su hogar, descubrió más de un año después que su vivienda había sido destrozada y saqueada.
“Creía que nadie se había enterado. Sin embargo, se enteró todo el mundo y eso me devolvió el alma al cuerpo. Uno no sabe cuál es su destino. Es una guerra psicológica y siento que, comparado con otros compañeros, fui privilegiado. Me acompañó la suerte. Otros sí fueron maltratados, vi cosas feas y supe de cosas peores, sobre todo por los sitios donde ocurrieron”, manifestó a El Nacional.
Rocha explicó que, antes de trasladar a los presos políticos a El Helicoide, los agentes suelen llevarlos a supuestas casas de tortura en zonas como Santa Mónica y La Castellana con el fin de obtener información durante las primeras horas de detención. En su caso, señaló, esto no ocurrió pero sí comprendió luego por qué los custodios le pedían que se calmara: lo estaban llevando directamente a la sede del Sebin y no a esos centros.
“La investigación me la hicieron en una de las tantas oficinas que hay en el edificio. Allí permanecí esposado los primeros días. Al tercer día me quitaron las esposas. Pero esposado dormía y esposado me mantenían. No me pusieron capucha y veía cómo construían los expedientes con falsedades”, expresó.
“Estaba en un espacio un poquito más ‘cómodo’, que en realidad era una oficina horrible, la más sucia que pueda existir. Allí mismo dormía. Los primeros días escuchaba ruidos en la noche: eran ratas que se metían en la basura. Los muchachos (los custodios) duermen allí en el suelo sobre unas colchonetas y los rotan cada 72 horas. Allí construyen la documentación que los fiscales leen en la supuesta audiencia de presentación, los hechos por los cuales supuestamente te arrestaron”, relató.
“Esto es una cárcel cómoda y yo no quiero ser un hombre encarcelado”
Perkins Rocha afirmó que, aún en su casa y en compañía de su esposa, enfrenta niveles de ansiedad y de angustia que nunca experimentó “en la oscuridad” de El Helicoide.
“Deben de estar probablemente analizando qué hacen conmigo, y tomo este riesgo porque, para estar guindando, es preferible caer. Anímicamente sé a qué me expongo, pero esto puede durar mucho tiempo y es como la anécdota de la rana en el agua tibia, que poco a poco le vas aumentando la temperatura y no se da cuenta de que la están matando”, expresó.
Si esta situación se alarga mucho, insistió, puede ser incluso peor para su estabilidad física y mental porque, explicó, no hay nada peor que “normalizar el mal”.
“El mal se enfrenta, en cambio, en la normalidad del mal tú no captas bien en qué terreno estás y entonces empiezas a aceptar cosas que no deberías, y al final, esas cosas que aceptas creyendo que son buenas, y que en el fondo son muy malas, son las que terminan lacerando tu alma y tu espíritu, y uno se convierte en una especie de bacteria que lo único que necesita es sol y energía mínima para poder existir. La vida resistiendo en la oscuridad de un espacio limitado es el hombre asumiendo con dignidad y fortaleza la situación apremiante y enfrentándola, pero esta situación de término medio no es vida. Esto es una cárcel cómoda y yo no quiero ser un hombre encarcelado”, dijo. (Reportaje completo en El Nacional)












